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Lea la Columna En la Mira de Héctor Estrada


8M; Un movimiento fortalecido, más allá de los destrozos
Poco a poco, pero las cosas han comenzado a cambiar en la conciencia colectiva. Así quedó de manifiesto los pasados 8 y 9 de marzo en México cuando miles de mujeres se unieron a la serie de manifestaciones para protestar contra la violencia feminicida que cada día le arrebata la vida a alrededor de 10 mexicanas en los diferentes rincones del país.
Y es que no había nada que festejar en el marco del “Día Internacional de la Mujer”, sobre todo en un país donde la misoginia y el machismo aún carcomen las entrañas de la sociedad. Basta con darse una vuelta por las redes sociales, escuchar algunos desafortunados discursos políticos y escudriñar entre las aplicaciones de chat para reconocer que aún falta mucho por hacer.
Pero lo vivido el domingo y el lunes aporta esperanza. Cada vez son más las mujeres, pero también los hombres, que han entendido el problema de fondo, que se han sensibilizado y han despertado empatía legítima hacia una situación que apremia y debe dejar de normalizarse.
Es verdad, no es un problema gestado durante el gobierno de López Obrador. No, la “Cuarta Transformación” tampoco es la culpable de la violencia que hoy viven las mujeres en México. Afirmarlo sería ignorante, tendencioso y bastante deshonesto. Es una problemática añeja que se ha agudizado con el paso de los años, gracias a gobiernos misóginos y omisos que han evitado enfrentar el problema de raíz.
Se trata de una causa legítima, forjada e impulsada por mujeres valientes desde el feminismo puro, que -como todo movimiento- se ha plagado de oportunistas, grupos vandálicos e intereses políticos de quienes ahora se suben a cualquier “barco” con tal de sabotear a los gobernantes en turno. Pero eso no puede ser más importante que la causa real que mueve el fondo.
Es cierto, en las marchas del pasado 8 de marzo hubieron mujeres que cometieron violentos actos vandálicos, incluso contra otras mujeres; pero también hubieron mujeres que hicieron cadenas humanas para proteger a las policías de la violencia, otras que abrazaron a quienes resguardaban la seguridad ese día y miles más que caminaron (solas, junto a sus hijas o en familia) de manera pacífica por las calles.
Fueron, según autoridades de la Ciudad de México, un aproximado de 80 mil mujeres las que marcharon por las principales calles de la capital del país el 8 de marzo. Así que estigmatizar una movilización basándose en los actos vandálicos cometidos por un puñado de ellas también resulta bastante injusto y tendencioso. Enfocar la atención y los comentarios de escarnio hacia la violencia de unas cuantas, cuyo móvil ni siquiera sabemos a ciencia cierta, y no a la movilización de las miles más, tal vez tenga de fondo una repulsión que nada tiene que ver con las formas.
Aunque duela, debemos reconocer que la misoginia, la indiferencia y la falta de empatía aún están en lo más profundo de nuestra sociedad, que muchas personas (mientras la tragedia no está en casa) sólo se indignan cuando las mujeres aparecen muertas, y luego las olvidan. Finalmente, dejan a las familias solas, desconocen y se desinteresan de la lucha para exigir justicia.
No saben cuánto tiempo pasan tocando puertas, luchando contra el influyentismo, la corrupción y el machismo dentro del propio Poder Judicial. Ignoran cuántos años de desolación, denuncias y protestas «pacíficas» transcurren sin ser escuchadas. Y la justicia, muchas veces, nunca llega. Pero no se le vaya ocurrir a alguien salir a pintar, quemar o destrozar edificios públicos por el hartazgo, porque de inmediato viene el «no son las formas»… Y es que, tal vez para ellos, la indignación «calladita y paciente» se ve mejor… así las cosas.
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